Atlantic Rally Challenge.
Martes, Diciembre 1st, 2009Las Palmas de Gran Canaria. Nov. 2009

Este año no quise verlos partir. DÃas antes mi curiosidad me venció. Me llevó a dar un paseo por un muelle deportivo de las Palmas de Gran Canaria en auténtica ebullición. Personas de todas las realidades posibles, atareadas y llenas de ilusión, iban y venÃan de un sitio a otro, comunicándose en inglés, holandés, alemán y como no, español. Todos con un mismo objetivo, todos formando equipo para lograrlo. El ARC es una carrera, pero también es una travesÃa. Es uno de esos eventos que permiten al participante plantearse su experiencia como más le llene. Algunos la plantean bajo la perspectiva del reto personal existente en simplemente cruzar y arrivar a Santa LucÃa, otros en ser los primeros en lograrlo. Ahora bien, todos y cada uno de ellos y ellas parten con mi admiración y envidia sana, presente entre el goze de ver los veleros respirando vida, y el dolor de no partir en uno de esos coloridos balandros.
Creo que siempre me ha fascinado el ambiente de puerto deportivo. La gente es amable, cercana, respetuosa. La mar enseña con mano dura pero sabia, enseña humildad, fraternidad y por supuesto la importancia del momento, la fragilidad de lo que parece inquebrantable y lo indestructible, la vida misma. No puedo evitar en ocasiones, cuando leo un libro como el Conde de Montecristo, sentirme una suerte de versión personalizada de Edmundo Dantés. Recuerdo también mientras leÃa hace años la Piel del Tambor, o el Maestro de Esgrima, encontrarme de repente buceando en cómo lo habrÃa escrito Pérez-Reverte. Probablemente embarcado en su velero rodeado de recuerdos de guerra. ¿Acaso un marino se parece a un corresponsal de guerra? Estoy casi seguro de que ambos comparten sentimientos y experiencias. Por eso imagino que alguien como Pérez-Reverto ha encontrado su lugar donde no se pertence a ninguna parte, donde siempre se ‘es’ simplente, o se ‘es’ una pequeña parte de algo mucho más grande como es la mar y el firmamento.
Fuà el domingo a la playa de Melenara, en la zona este de Gran Canaria. Un dÃa espléndido, el cielo estaba poblado por algunas nubes ligeras, un sol cauteloso, extrañamente bondadoso con las curtidas pieles de los locales, y todo aderezado por una brisa marina que inducÃa dormitar. Cuando se me comenzaban a caer los párpados, acunado por la nana de las olas, aparecieron cientos de velas en el horizonte. Los veleros destino a Santa LucÃa me recordaron un lindo sueño, sueño que un año más soñé. No querÃa verlos, pero ahà estaban otra vez.






