Un urbanita con el ‘mal de ciudad’
Jueves, Mayo 8th, 2008
Últimamente la ciudad me agobia. Me envuelve de ruidos y de imágenes publicitarias que intentan incrustar en mi cerebro de forma invasiva. La ciudad rompe mi espacio vital con sus viandantes con prisa, y destroza mi armonÃa con sus dificultades circulatorias y de parking. La ciudad deberÃa de ser una solución. Un sistema complejo que optimizara los desplazamientos de sus usuarios al trabajo, optimizara la recogida de basuras y los sistemas de abastecimientos generales, tanto de agua como de luz. Pero si está claro, todo siendo más fácil cuanto más cerca vivan los ciudadanos de sus trabajos. Por lo tanto, los espacios residenciales deberÃan de ser anejos de los laborales, y los comerciales por la necesidad de masa crÃtica, convertirse en puntos neurálgicos como hubs de comunicación entre diferentes sistemas de residencial & laboral. Es al fin y al cabo una muy buena idea a veces mal ejecutada. A mi me han desplazado a vivir de forma tristemente temporal a un barco en un puerto deportivo y me ha hecho pensar. Soy un urbanita que de repente se siente increÃblemente a gusto en un lugar atÃpico. Ojalá la ciudad fuera un puerto deportivo, donde siempre encuentras gente de todas partes, dispuesta a compartir historias, e incluso lo que es cada vez más difÃcil, gente dispuesta a escuchar la tuya, sin más, sin segundas intenciones, por el mero placer que da el escuchar una historia. La ciudad deberÃa de ser un puerto deportivo, flexible y tranquilo, a la vez que lleno de vida. Una vez escuché a Jaime Lerner decir: ‘…ruido es el sonido que no quieres escuchar’. No puedo estar más de acuerdo con dicha afirmación. La ciudad está llena de ruidos, mi puerto deportivo, lleno de melodÃas. El tintineo de cables contra los mástiles de los veleros, las gotas de agua que se desprenden de los cascos de algunos barcos al separarse del mar por el vaivén de la vida que alberga. El sonido etéreo de la brisa al pasar suave por la cara. También podrÃamos hablar de los olores. El olor a sal, el aire pleno de oxÃgeno que al ser aspirado transmite verdadera energÃa positiva. A veces no me gusta la ciudad. Demasiadas distracciones, cuántas veces miramos el cielo en la ciudad, un espectáculo siempre presente a nuestra entera disposición cuyo estreno permanente nos perdemos una y otra vez. Si te cruzas con un peatón que se para a disfrutar del cielo, piensas otro loco. Si te encuentras en una playa, en el campo o en un parque a alguien tumbado mirando el cielo, te tumbas tu también. Falta cielo en las ciudades. Falta el silencio que proporcionan las melodÃas. Falta naturaleza.
¿y si mi ciudad no tuviera mar? ………morirÃa como algunos pájaros enjaulados que mueren de pura pena.
La gente de 




